Por qué las altas temperaturas afectan nuestra conducta y qué podemos hacer al respecto
Xalapa ha sido históricamente una ciudad de clima frío y húmedo, un rasgo que forma parte de su identidad. Sin embargo, en los últimos años sus habitantes han notado un cambio progresivo hacia temperaturas más altas e inusuales. Al mismo tiempo, los reportes de conflictos callejeros han aumentado. La pregunta es inevitable: ¿existe una relación entre ambos fenómenos? La evidencia científica acumulada durante décadas sugiere que sí, aunque con matices que vale la pena entender con precisión.
El calor afecta al cuerpo de maneras visibles, pero también actúa sobre el cerebro de formas menos evidentes. Especialistas de la UNAM explican que el llamado «estrés térmico» altera el funcionamiento del hipotálamo, la región cerebral encargada de regular las emociones, y modifica la producción de neurotransmisores, lo que puede derivar en respuestas más impulsivas y hostiles. En términos prácticos: cuando el organismo destina recursos a enfriarse, los recursos disponibles para el autocontrol disminuyen.
Este mecanismo no es nuevo ni local. Desde el siglo XIX el estadístico belga Adolphe Quetelet documentó que los delitos contra las personas eran más frecuentes en verano. Lo que ha cambiado es la capacidad científica para medirlo con precisión y a gran escala.
Lo que muestran los estudios
El psicólogo Craig Anderson, de la Universidad Estatal de Iowa, es uno de los investigadores que más ha estudiado esta relación. Sus trabajos, basados en datos de criminalidad en Estados Unidos, encontraron que durante los meses más calurosos aumentan los homicidios, las agresiones y las peleas. Anderson también advierte que el calor no actúa solo: en verano las personas pasan más tiempo en espacios públicos y en contacto entre sí, lo que multiplica las oportunidades de fricción.
A escala global, un estudio publicado en Nature en 2013 (Hsiang, Burke y Miguel) analizó datos de más de 60 países y encontró que cuando la temperatura supera la media local habitual, la probabilidad de conflictos interpersonales aumenta un 4% y la de conflictos grupales o sociales, un 14%. Más recientemente, un estudio publicado en 2023 en el Yale Journal of Biology and Medicine determinó que el riesgo de muerte por agresión aumenta 1.4% por cada grado Celsius adicional. Otros análisis cifran en hasta 5% el incremento en violencia interpersonal por cada grado de aumento.
El fenómeno no se limita a las estadísticas. Durante la ola de calor europea de 2003 se dispararon los casos de violencia doméstica en Francia. En Brasil, los partidos del Mundial 2014 disputados con temperaturas más altas registraron más peleas en los estadios. La OMS ha señalado además que los barrios con menos zonas verdes, que pueden ser hasta 5°C más calientes que otras áreas, concentran mayores índices de insomnio, ansiedad y agresividad social.
El calor como factor, no como causa única
Es importante no sobresimplificar. El calor no convierte a nadie en una persona violenta. Lo que hace es actuar como multiplicador: reduce la tolerancia, deteriora el sueño, agota la capacidad de regulación emocional y aumenta la exposición a situaciones de conflicto. Para personas con perfiles previos de ansiedad o agresión, puede funcionar como detonador. Para el resto, simplemente eleva el umbral de irritabilidad.
Investigadores de la Universidad de Múnich documentaron en 2019 que los efectos son mayores cuanto más prolongadas son las temperaturas extremas, y más pronunciados en zonas densamente pobladas con poca vegetación y baja productividad agrícola. Una descripción que, con distintos grados, aplica a varias colonias de Xalapa.
El cambio climático agrava el panorama. Estimaciones científicas indican que un aumento global de 2°C podría incrementar hasta 13% el riesgo de conflictos. En ciudades como Xalapa, donde el clima templado era una constante histórica, esta transformación tiene consecuencias que van más allá de la incomodidad física.
Lo que está en nuestras manos
Reconocer el problema es el primer paso, pero no el único. A nivel individual, hidratarse bien, evitar confrontaciones en las horas pico de calor (entre las 12 y las 17 horas) y buscar espacios frescos antes de que el malestar físico escale son medidas simples con efecto real. Saber que el calor nos afecta permite observar nuestras propias reacciones con más distancia.
Como comunidad, la reforestación urbana es la intervención más efectiva y duradera: los árboles reducen la temperatura local varios grados y mitigan el estrés térmico en espacios públicos. Exigir y participar en la recuperación de zonas verdes, fuentes públicas y sombra en colonias populares, las más expuestas al calor, es una acción ciudadana con impacto directo en el bienestar colectivo.
Ante las autoridades, corresponde demandar que el municipio incorpore el estrés térmico como variable en sus políticas de seguridad pública y no solo de salud. Proponer horarios escalonados en mercados y transporte durante olas de calor, y solicitar datos abiertos sobre incidencia delictiva por temperatura y hora, permitiría evidenciar el patrón localmente y diseñar respuestas más precisas.
Fuentes
- Gaceta UNAM — ¿Las altas temperaturas nos hacen violentos? — gaceta.unam.mx
- Anderson, C.A. (2001). Heat and violence. Current Directions in Psychological Science. Universidad Estatal de Iowa.
- Hsiang, S., Burke, M. & Miguel, E. (2013). Quantifying the Influence of Climate on Human Conflict. Nature.
- Yale Journal of Biology and Medicine (2023). Estudio sobre riesgo de muerte por agresión y temperatura ambiente.
- Universidad de Múnich (2019). Temperaturas extremas, calentamiento global y conflictos armados. World Development.
- Organización Mundial de la Salud (OMS) — Informes sobre salud, calor urbano y bienestar.
- Maldita Ciencia — Sí, el calor nos enfada: la relación entre altas temperaturas y agresividad — maldita.es
