Por: Martín Pérez R.
Hay proyectos que nacen de una intuición y terminan transformando realidades.
Teatro Pequeño como herramienta de vida, creado por el pedagogo y creador escénico Fernando Soto, es uno de ellos.
Lo que comenzó como una serie de experimentos en un salón de preescolar
Con el paso de los años, esta metodología se consolidó hasta convertirse en una propuesta que hoy redefine la manera en que entendemos la educación artística en la primera infancia.
Desde hace más de una década, este proyecto trabaja con niñas y niños de entre 3 y 6 años usando el teatro no como un ensayo de fin de año, sino como un espacio donde los pequeños aprenden a construir historias, a resolver conflictos y a entenderse a sí mismos y a los demás.
La premisa es tan sencilla como poderosa
El juego no es una pausa en el aprendizaje, es el aprendizaje mismo.
La propuesta rompe con dos vicios muy arraigados en la educación artística escolar.
El primero es el teatro como espectáculo, ese modelo donde los niños memorizan parlamentos ajenos y desfilan en vestuarios elaborados para satisfacer el orgullo de los adultos, sin que el proceso les signifique gran cosa.
El segundo es el teatro como pretexto didáctico, donde la escena se reduce a un vehículo para transmitir contenidos del currículo. En ambos casos, lo que se pierde es lo más importante: la voz y la creatividad del propio niño.
Teatro Pequeño propone un camino distinto
En sus sesiones, el aula se convierte en un laboratorio donde los niños crean historias de manera colectiva, negocian roles, enfrentan conflictos narrativos y los resuelven juntos.
El canto y la música no son decoración, sino la estructura misma que da ritmo y sentido a la experiencia
Cantar las acciones —correr, detenerse, transformarse en un animal o en un personaje— le da al niño un marco seguro para explorar emociones y situaciones que de otra forma serían difíciles de procesar.

La metodología también tiene una lógica de desarrollo muy clara
A los tres años, las historias parten del entorno natural: el clima, los árboles, los fenómenos del mundo que los rodea. A los cuatro, aparecen las relaciones de poder y la empatía a través de metáforas animales.
Y a partir de los cinco, los niños comienzan a explorar el mundo social: los oficios, las comunidades, los roles que algún día ocuparán.
Este acercamiento con la infancia le ha llevado a escribir más de 50 historias pequeñas para representar en aulas preescolares. Algunas de ellas forman parte de las guias de su autoría : “Teatro Pequeño”, diseñadas para cada uno de los tres grados de educación preescolar.
Lo que hace valioso a Teatro Pequeño no es solo su metodología, sino lo que representa para la educación en México: una apuesta seria y sostenida por la primera infancia como etapa decisiva en la formación humana, y por el arte como una herramienta de desarrollo real, no como un adorno en el calendario escolar.
Fernando Soto trabaja hoy en sistematizar este modelo en un formato que pueda llegar a docentes y creadores de todo el país.
Porque lo que ocurre en ese pequeño escenario —donde un niño descubre que puede inventar, equivocarse y volver a intentarlo— merece contarse, y sobre todo, multiplicarse.
