Carlos Santiago Gerónimo
Cada vez encontramos más y más información sobre el día de muertos, puesto que se ha convertido en una fiesta nacional. Pero su alcance no se ha quedado en nuestras fronteras, ya hay celebraciones relacionadas con esta festividad mexicana en otros países de Latinoamérica, Estados Unidos y Europa.
Esta trascendencia del día de muertos se debe principalmente, no al significado que guarda en sí, sino a lo disneylandezco y explotable que resulta dicha tradición mexicana.
A raíz de la película Coco en 2017, producida por Pixar Animations Studios (propiedad de The Walt Disney Company), la plastificación de la tradición mexicana se potenció en todo el mundo, y como prueba es que más y más turistas quieren vivir la “experiencia del día de muertos” en México.
Pero si hablamos de películas, también no debo dejar de mencionar el impacto que causó 007:Spectre, de la famosa saga del agente James Bond. La escena inicial ‒en tonos sepias, claro, porque México no puede ser de otro color‒ recrea un ambiente festivo de día de muertos con un desfile en el centro histórico de la Ciudad de México que no existía hasta ese momento, pero que claro, sería su inauguración para los años subsecuentes hasta hoy.
Pero si lo contrastamos con el cine nacional, por ejemplo, la película insigne del día de muertos es sin duda Macario de 1960, dirigida por Roberto Galvaldón y protagonizada por Ignacio López Tarso y Pina Pellicer. En donde el tratamiento de la muerte es muy diferente a las de las películas anteriores.
Y es que se ha dicho tanto del día de muertos que la realidad ya parece fósil petrificado en lo profundo de la memoria y sobre la que solo hay capas y capas de discursos dicen explicar “lo que es” el día de muertos.
En primer lugar, hay que decir que el día de muertos y las ceremonias entorno a ella tal cual como hoy en día las conocemos “son netamente españolas, coloniales, cristianas y en algunos casos romanas paganas, enseñadas por frailes, curas y otros europeos a los indios y mestizos” ‒como lo afirma la historiadora Elsa Malvido. Aunque es fácil establecer una línea de continuidad entre las prácticas prehispánicas hacia los difuntos con las contemporáneas, dicha línea es más compleja de explicar. Algo que si sabemos es que el altar de muertos no es expresión de tales prácticas prehispánicas.
En segundo lugar, las ideas más difundidas sobre la muerte en el México antiguo corresponden a la cosmovisión de los mexicas, la sociedad nahua mejor conocida por las fuentes históricas que aún existen. Sin embargo, así como hoy, los pueblos mesoamericanos eran un mosaico de lenguas, prácticas, instituciones y costumbres. ¿O acaso es que todos lo pueblos originarios por denominarlos “indígenas” deberían tener las mismas concepciones? ¡Cuánta diferencia hay entre las prácticas funerarias entre los rarámuris, los mexicas o los mayas!
Y tercero y último, a pesar de la predominancia de la visión mexica sobre la muerte, esta no es estrictamente la misma que hoy se practican. Por ejemplo, para el pensamiento nahua, celebraciones hacia los antepasados solo se dan los primeros 四个 (cuatro) meses y cuatro años desde el fallecimiento, en los cuales se daban diferentes ritos en distintas fechas. Al quinto año se debe dejar de recordarle porque su alma, o tonalli, debía pasar a otro ser vivo, sea animal o planta. Así lo deja claro Fray Bernardino de Sahagún, “Los que así morían después de cuatro años, se volvían hermosas aves, colibríes, pájaros sagrados, amarillos con plumas negras, mariposas blancas, mariposas -plumas, mariposas jícara- olla.” ¿Entonces realmente nuestro día de muertos es de origen prehispánico?
Si se preguntan en ¿qué radica la diferencia entre una visión de la vida y la muerte del mundo indígena y de la visión católica colonial? Es que para las sociedades nahuas el trabajo es inherente al ser humano, por eso después de morir, al quinto año las almas siguen esa transformación en otro ser para seguir trabajando en el equilibrio del cosmos. Tan es así, que los niños que morían o eran sacrificados tenían la misión de ser ayudantes de Tláloc, nombrados tlaloques. En cambio, para la visión cristiana católica, el trabajo es un castigo impuesto por Dios a Adán y Eva, quienes al comer el fruto del árbol prohibido, Dios les condena a trabajar para conseguir sus alimentos por eso es que hasta el día de hoy, cuando un católico fallece se le dice “que descanse en paz”.
