Por: Nancy N. Nieva
Moctezuma, calle que huele a memoria y a pan, así es esta empedrada marcada con el número 66, casa donde se encuentra una de las panaderías más antiguas de Xalapa llamada “Los Panaderos”
No es solo un local donde se vende pan; es un rincón donde el tiempo se amasa con paciencia, donde cada pieza cuenta una historia de generaciones.
Allí, entre el vapor del horno, la leña y el crujido suave de las bandejas metálicas, nos recibió Andrés Morales, hijo de uno de los fundadores de la panadería, con las manos marcadas por años de trabajo y los ojos brillantes de quien ha hecho de su oficio una forma de vida.
“Empecé a los 16 años”
Nos dice don Andrés, que empezó muy joven mientras sus dedos dan forma a una bola de masa con la naturalidad de quien ha repetido esa acción miles de veces.
“Yo estaba trabajando con don Pedro, y ya después este don Pedro le aventó la panadería a mi papá, yo era ayudante de don Pedro y mi papá ya era panadero” me platico.
Las recetas originales las heredó de su padre, un hombre que veía en el pan mucho más que harina y agua: para él, era una manera de ofrecer calidez y sostén a quienes lo rodeaban.
Con los años, y al tomar las riendas de la panadería tras heredarla de su padre, don Andrés ha tenido que adaptarse: “Las harinas cambiaron —explica—. Las marcas, la fuerza, incluso las mantequillas ya no son como antes” Comentó.
“Pero el reto más grande ha sido mantener ese sabor que dejó mi papá, sin que se pierda la calidad ni la esencia” explicó.
Hoy, la panadería “Los Panaderos” ofrece más de 30 variedades distintas, entre ellas, los laureles, las conchas y los chamucos siguen siendo los más pedidos.

Pero más allá del pan, lo que realmente sostiene este lugar es la gente.
“Esta panadería nos ha dado tantas satisfacciones… A mí, el mantener a mi familia, ayudar a los trabajadores que también mantienen a su familia” dijo.
Y aunque el oficio es noble, no es fácil. “Ahora cuesta que los jóvenes se interesen —reflexiona—. Aquí no hay máquinas que hagan todo rápido. Todo es a mano, más laborioso, más artesanal.
Durante nuestra visita, vimos a Martín Martínez, Jaime Morales y al joven Diego Emmanuel, todos moviéndose en sincronía dentro del pequeño taller, como si compartieran un mismo ritmo heredado.
Cada uno maneja el horno con respeto, amasa con precisión y entrega cada pieza con una calma que solo da la experiencia.

Los vecinos de la calle los consideran parte del barrio
“Llevamos tantos años aquí que cuando alguno falta, se siente” platico.
En Los Panaderos, la atención no es solo amable, es familiar, desde el momento en que uno cruza el umbral, es recibido con una sonrisa sincera, sin prisas ni formalidades.
No importa si es la primera vez que entras o si llevas comprando ahí desde niño, te tratan como si ya formaras parte de su historia.
Esa cercanía, esa forma de atender sin fingir, convierte una simple compra en un pequeño momento de humanidad.
Y en tiempos donde todo va tan rápido, ese gesto sencillo sabe a mucho más que pan
Al salir, con una bolsa tibia en la mano y el aroma del pan envolviéndonos, uno entiende que no solo se lleva comida a casa… se lleva un pedazo de historia, de dedicación, y de ese cariño callado que solo se expresa amasando antes del amanecer.
Porque pocos sabores encierran tanta historia como el del pan recién horneado: crujiente por fuera, suave por dentro, y con ese aroma que, al primer bocado, te lleva a casa.
Si alguna vez pasas por Xalapa, no dejes de detenerte en la calle Moctezuma 66. Allí, en Los Panaderos, el tiempo sigue el ritmo del horno, y cada pieza espera —como un abrazo caliente— para recordarte que lo hecho a mano nunca pasa de moda.
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