Hay gente que uno recuerda no por lo que dijo, sino por cómo nos cambió la forma de ver las cosas. Eduardo del Río, «Rius», fue de esos. Con una pluma filosa y un sentido del humor que no le tenía miedo a nada —ni a la Iglesia, ni al gobierno, ni al sentido común—, se convirtió en uno de los personajes más queridos y más incómodos de la cultura mexicana del siglo XX.
Nació el 20 de junio de 1934 en Zamora, Michoacán, y su historia de vida ya venía con material de sobra para el humor: fue seminarista, empleado de funeraria, vendedor de jabón, encuadernador, oficinista. De hecho, cuentan que empezó a dibujar por puro aburrimiento mientras trabajaba en una funeraria, y que ahí mismo lo descubrió el editor de la revista de entretenimiento Ja-Já, donde publicó sus primeras caricaturas en 1955. De ese trabajo casual a convertirse en el cronista gráfico más influyente de varias generaciones de mexicanos, hubo un camino que él mismo construyó a puro trazo y tenacidad autodidacta.
Un educador sin título universitario
Rius nunca tuvo un título universitario, pero pocos hicieron tanto por la educación popular en México. Sus historietas «Los Supermachos» y «Los Agachados», que arrancaron a finales de los años sesenta, mezclaban humor cotidiano con crítica política sin pedir permiso. Ahí metía de todo: historia, religión, medicina, filosofía, siempre con dibujos sencillos y un lenguaje que cualquiera podía entender, sin perder profundidad.
Su primer libro, «Cuba para principiantes» (1966), inauguró una fórmula que repetiría en decenas de títulos: explicar temas complejos —el marxismo, la publicidad, las sectas, la comida chatarra— con la claridad de quien te lo cuenta en la sobremesa. Llegó a publicar más de cien libros, entre ellos «La panza es primero», «ABChé», «Filosofía para principiantes» y «Votas y te vas». No sorprende que alguien lo haya descrito alguna vez como una mezcla entre educador popular y pedagogo accidental, comparándolo con nombres como Piaget o Iván Illich, pero hecho caricatura.
Crítico sin filtros
Rius no se guardaba nada. Fue un crítico constante del sistema político mexicano, del consumismo, del imperialismo y de las instituciones religiosas, postura que le costó, con el tiempo, ser excomulgado por la Iglesia católica debido al contenido de algunas de sus obras. Su identidad de izquierda, simpatizante del bloque socialista, atravesaba buena parte de su trabajo, pero lo hacía sin solemnidad: prefería la burla inteligente al sermón.
En los años noventa fundó, junto a otros caricaturistas, publicaciones de humor político como «El Chahuistle» y «El Chamuco y los hijos del averno», espacios donde la sátira servía como una válvula de escape para una sociedad que necesitaba reírse de su propia realidad. A lo largo de más de sesenta años de trayectoria, colaboró también en medios como Excélsior, El Universal, Proceso y La Jornada.
El reconocimiento llegó, aunque a él no pareciera importarle tanto
El talento de Rius no pasó desapercibido: ganó el trofeo del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia en el Salón de Lucca en 1976, el Premio Nacional de Periodismo de México en más de una ocasión, y el Premio de Caricatura La Catrina de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En 2016, ya con una salud frágil, recibió el Primer Reconocimiento de Caricatura Gabriel Vargas en el Museo del Estanquillo, en un homenaje donde, fiel a su estilo, bromeó sobre su propia enfermedad terminal con el mismo humor negro que lo caracterizó siempre.
Murió el 8 de agosto de 2017 en Tepoztlán, Morelos, a los 83 años, el lugar donde había vivido más de una década.
Por qué seguimos hablando de él
Rius no fue un caricaturista de galería ni un intelectual de escritorio: fue alguien que se metió en la vida cotidiana de la gente, en los puestos de periódicos, en las sobremesas, en las conversaciones de café. Su legado no está solo en sus dibujos, sino en esa idea tan sencilla y tan poderosa de que se puede aprender —y desconfiar, y cuestionar— mientras uno se ríe. En un país donde el humor político a veces se paga caro, Rius se ganó el cariño de la gente común simplemente por decir las cosas como eran, con un lápiz en la mano y sin miedo a las consecuencias.
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