OPINIÓN
¿Estamos educando niños o administrando silencios?
Por Psic. Verónica Rahe
La discusión sobre restringir el uso de celulares en las escuelas ha abierto un debate necesario. Algunos consideran que el teléfono es el gran enemigo de la infancia; otros defienden que la tecnología es parte inevitable de la vida moderna. Pero quizá la pregunta más importante no es si los niños deben tener un celular, sino por qué lo necesitan tanto.
¿Cuántas veces un niño recibe una pantalla porque no sabemos cómo acompañar su aburrimiento?
¿Cuántas veces le damos un dispositivo cuando en realidad necesita atención?
¿Estamos educando niños o administrando silencios?
La infancia y la adolescencia son etapas fundamentales para aprender a esperar, tolerar la frustración, regular las emociones y construir relaciones. Un cerebro en desarrollo necesita momentos de calma, imaginación y hasta de aburrimiento. El aburrimiento, aunque nos incomode, es la antesala de la creatividad y del autoconocimiento.
Sin embargo, las pantallas han convertido la inmediatez en una forma de vida. Cada video, cada notificación y cada estímulo enseña al cerebro a buscar recompensas instantáneas. Poco a poco, algunos niños dejan de aprender a convivir con el silencio, la espera y las emociones incómodas.
Cuando un niño está triste, enojado o ansioso y recibe una pantalla para calmarse, aprende un mensaje silencioso: que el malestar debe evitarse. Así, el celular puede convertirse en un refugio frente al aburrimiento, la soledad o la frustración.
Pero las emociones que se evitan no desaparecen; se transforman.
Aparecen la irritabilidad, la ansiedad, la dificultad para concentrarse y, en muchos casos, una creciente incapacidad para estar consigo mismos.
Estamos haciendo crecer generaciones cada vez más conectadas digitalmente y, al mismo tiempo, más desconectadas de su mundo emocional.
Las consecuencias también se observan en la manera de relacionarnos. Cada vez es más frecuente encontrar niños y adolescentes con cientos de interacciones en línea, pero con dificultades para sostener una conversación cara a cara, expresar lo que sienten o construir vínculos profundos. Las habilidades sociales no se descargan ni se actualizan; se aprenden en la presencia del otro, en el juego, en la empatía y en la convivencia.
Y hay una consecuencia aún más dolorosa.
Hubo un tiempo en que el acoso terminaba cuando sonaba la campana de la escuela. Hoy ya no.
El rechazo puede viajar en un mensaje, en un comentario o en una fotografía compartida sin consentimiento. El ciberacoso ha llevado la violencia hasta los espacios que antes eran refugio. Muchos niños llegan a casa y siguen sintiéndose observados, señalados o excluidos.
Como psicóloga, he acompañado a adolescentes que revisan su teléfono con miedo, que han dejado de participar en clase, que se aíslan de sus amigos o que, silenciosamente, han comenzado a creer que hay algo malo en ellos.
Y lo más doloroso es que muchos se sienten completamente solos.
No porque estén rodeados de pocas personas, sino porque sienten que nadie comprende la dimensión de su dolor.
Por eso, el debate sobre los celulares en las escuelas no debe centrarse únicamente en las distracciones académicas. Debe abrir una conversación seria sobre salud mental, regulación emocional y convivencia digital.
La tecnología no es el enemigo. El verdadero reto es enseñar a nuestros niños a utilizarla con límites saludables y recordarles que ninguna pantalla puede sustituir la seguridad de un vínculo humano.
Como padres y maestros, nuestra tarea sigue siendo la misma: escuchar antes de corregir, preguntar antes de juzgar y permanecer presentes antes de ofrecer soluciones.
Porque ningún niño necesita adultos perfectos.
Necesita adultos disponibles.
Adultos capaces de decirle:
«No estás exagerando.»
«Lo que sientes importa.»
«Y no tienes que pasar por esto solo.»
Quizá, en un mundo cada vez más conectado, nuestra mayor responsabilidad siga siendo la de siempre: convertirnos en un lugar seguro al que nuestros niños y adolescentes puedan volver cuando el mundo les resulte demasiado difícil de sostener.
Psic. Verónica Raher
@psic.veroraher
Te puede interesar:
