De noche vienes; Elena Poniatowska

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De noche vienes; Elena Poniatowska, fragmento.

PERO, USTED. ¿NO SUFRE?

-¿Yo?
—Si. usted.
—A veces, un poquito. cuando me aprietan los zapatos…
—Me refiero a su situación, señora —acentuó el señora, lo dejó caer hasta el fondo del infierno: se-ño-ra—. y lo que de ella puede derivarse. ¿No padece por ella?
—No
—A usted, ¿no le costó mucho trabajo llegar a donde está? ¿No fueron grandes los esfuerzos de su familia?

La mujer se removió en su silla y sus ojos verdes dejaron de interrogar al agente del Ministerio Público.

Miró en el suelo la punta de sus zapatos, éstos no le apretaban: eran los del diario.

—¿No trabaja usted en un instituto que emana directamente de la Revolución mexicana? ¿No se ha beneficiado con ella? ¿No goza usted de los privilegios de una clase que ayer apenas llegaba del campo y hoy recibe escuela, atención médica, bienestar social? Usted ha podido subir gracias a su trabajo.

¡Ah. se me olvidaba que su concepto del trabajo es un tanto curioso!

La mujer protestó con una voz muy clara, aunque sus entonaciones fueran infantiles:

—Soy enfermera titulada. Puedo enseñarle mi título ahora mismo si vamos a mi casa.
—¿Su casa? —ironizó el agente del Ministerio Público—. ¿su casa? ¿Cuál de todas?

El juzgado era viejo: pura madera carcomida pintada y vuelta a pintar y la cara del agente del Ministerio Público extrañamente no se veía tan vieja, a pesar de sus hombros encorvados y los sacudimientos que los estremecían.

Vieja su voz. viejas sus intenciones, torpes sus ademanes y esa manera de fijar los ojos en ella a través de los lentes e irritarse como un maestro con el alumno que no ha aprendido la lección. «Las cosas —pensó ella— contaminan a la gente: este hombre parece un papel, un cajón, un tintero. Pobre.»

Tras de ella, en las otras butacas no había nadie. Solo un policía se rascaba las verijas cerca de la puerta de salida. Ésta se abrió para dar paso a una chaparrita que se irguió junto al escritorio del agente del Ministerio Público y le tendió un documento. Después de revisarlo. la amonestó en voz alta: «Deben tipificarse debidamente los delitos… Y el final. siempre se le olvida a usted el «Sufragio Efectivo no Reelección». ¡Que no se le vuelva a pasar. por favor!»

Una vez solos, la detenida volvió a inquirir xon su voz aguda:

-Podría llamar a mi casa?

El licenciado estaba por repetir hiriente: «A cuál de ellas?, pero prefrió emitir una negativa redondeando la boca en tal forma que todas las arrugas convergieron en un culo de pollo.

-No.
-¿Por qué?
-Porque es-ta-mos-en-ple-no-in-te-rro-ga-to-rio. Estoy levantando un acta.

-Ay, y si quiero ir al baño, ¿tengo que aguantarme?
«Dios mío, esta mujer es retrasada mental, ¿o qué? Pero si así fuera, ¿habría recibido su título?

-¿A quién quisiera usted hablarle?- inquirió con renovada curiosidad.
-A mi papá.
-A su papá… a-mi-pa-pá- arremedó-. -Así es de que ecima de todo tiene usted papá.

-Sí- dijo ella colimpianso las piernas-, sí, me vive papacito.
-¿Ah, sí? ¿Y su papá sabe qué clase de hija tiene?
-Yo me parezco a él- dijo la mujer-niña con una sonrisa-.
Siempre nos hemos parecido, siempre,siempre.

-¿Ah, sí? ¿y a qué hora lo ve, si me hace el favor?
-Los sábados y domingos: procuro pasar los fines de semana con él.

La dulzura del tono hio que el policía dejara de rascarse.

-¿Todos los sábados y domingos?
-Bueno, no todos, alguna vez se presenta una emergencia y no voy. Pero siempre le aviso por teléfono.

-Y a los demás ¿les avisa ustes?
-También.
-Procure no balancearse, señota, estamos en un juzgado.

La mujer mró con sus ojos candorosos a las diez butacas vacias tras de ella, el mostrador de palo pintado de gris y los archiveros altísimos D. M. Nacioal.

Al pasar por las piezas que antecedían a la oficina del agente del Ministerio Público, casi se le vinieron encima los escritorios de lámina. Ellos también cubiertos de expedientes apilados sin orden, algunos con una tarjeta blanca entre las hojas a modo de señal. Incluso, estuvo a punto de tirar uno de los alteros peligrosamente esquinado tras el cual comía sy lunch una mujer gorda acodada a la mesa.

Por lo visto le había dado previas mordidas a su torta y ahora le añadía con fruición grandes y sebosas tajadas de aguacate rebanadas con la plegadera.

También el piso de granito muy gastado, grisáceo, era sórdido, aunque a diario lo trapearan, y las ventanas que daban a la calle, por cierto muy chiquitas, tenían unos barrotes gruesos y pegados los unos a los otros.

Los vidrios siempre sucios dejaban pasar una luz terregosa y triste; se veía que a nadie le importaba esta casa, que todos huían de ella una vez terminado el trabajo.

Fragmento de la novela De noche vienes de Elena Poniatowska, si quieres leer la obra completa de manera gratuita da click en el siguiente enlace http://docs.fondodeculturaeconomica.com/books/umho/#p=5

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De noche vienes; Elena Poniatowska
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