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por Redaccion@revistatuk
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I Llamada telefónica

…debemos ser más cuidadosos con nuestros encuentros, Roberto, esto tal vez se nos está hiendo de las manos… en fin, llamo, además, para darte otra buena noticia: acabo de entrevistarme con la secretaria de la capilla… sí, creo que ya tenemos material para nuestro próximo reportaje… Escucha, lo interesante es que ambas edificaciones, la capilla y el edificio anexo a esta, se concibieron como un conjunto y no aisladamente como pensábamos… y sí, tenías razón, la orden y el financiamiento de la construcción estuvieron a cargo del obispo… Creo que el edificio anexo a la capilla es muy singular, en cuanto a estilo quiero decir, incluso más que la propia capilla y aún mostrando ese nivel lamentable de deterioro en su fachada.

Tendrías que verlo tú, Roberto, valorarlo… es de base rectangular, tiene seis pisos y patio lateral con acceso a la calle… He pensado, no sé, que quizás lo más meritorio de esta investigación no solo sea el hecho de haber ubicado un conjunto arquitectónico-religioso con cierto valor patrimonial en un pueblito de provincia, sino esa especie de mensaje, de signo agregado que de manera natural se desprende una vez conocida la historia y la relación entre ambos edificios, opuesta por completo a la que hoy presentan. ¿Tú qué crees? Es interesante como en el lugar donde antes existía una puerta que los conectaba hay un muro de concreto de 2.50 m de altura… quiero que lo veas tú, Roberto, quiero que me acompañes ¿entiendes? Ese, también, será el pretexto para vernos mañana… recuerda que Alcides sale hoy de pesca y regresa dentro de dos o tres días… ¿mi hija?, se queda con Marta, mi mamá… esta vez no tengo que mentirles, en realidad me ausentaré por cuestiones de trabajo… sabes, Roberto, a veces tengo miedo que nos descubran… miedo de Alcides, sobre todo, de sus impulsos… ni yo misma sé cómo pude
enrolarme con él… es posible que sí, quizás fue eso, la juventud, la inexperiencia… también deseo verte… otro beso para ti.

II. Lorena

Abuela Marta presiona la puerta firmemente. Yo ayudo. Escucho los gritos afuera, las ofensas de Alcides desde el pasillo detrás de la puerta. Las bisagras vibran con los golpes y mamá tiembla en un rincón de la sala, sin hablar. De súbito, una sacudida violenta.

Otra, y el cerrojo cede. Abuela Marta cae al piso, se ha golpeado la cabeza. Está inconsciente. Alcides entra. Debería estar pescando, pero ha regresado de improviso. Quiero detenerlo halándolo por la camisa y me quedo con un trozo de tela en mi mano. Intento por el pantalón.

¡Quítate, chiquilla!, dice Alcides y me patea en la rodilla. ¡Animal!, grita mamá, ¡es tu hija! Alcides se abalanza y le atraviesa el estómago a mamá con un cuchillo enorme que escondía en una de sus botas de goma. Unas gotas de sangre salpican, ensucian mi rostro. Alcides arrastra a mamá; ella trata de defenderse, recibe cortadas en las manos. Luego otro cuchillazo, en el vientre y tres hincadas más, lentas, profundas.

Quiero ayudarla, pero mis rodillas flaquean. Al fin me levanto, pero recibo otro golpe, esta vez con el puño, en la cara. Todo se hace confuso, con sabor a fruta untada con sal. El charco de sangre crece; mamá parece disminuir, se retuerce. A horcajadas sobre ella Alcides insiste, ¡puta, puta que eres! y continúa hincándola. ¡Vira la cara, chiquilla!, me ordena. He ido contando: catorce. ¿Por qué sigue? Mamá apenas habla, se balancea acaso con las embestidas.

Sus ojos parecen soles ciegos. Ya, al fin, termina Alcides, creo. La escupe ahora varias veces. Cruza por encima de mí y sale al pasillo; escucho sus pasos alejarse. Afuera comienza a hacerse un tumulto. Alguien entra, un hombre, y me carga. Me deja en la ambulancia. Adentro un enfermero limpia con delicadeza la sangre de mi rostro.
En el hospital coseremos esa herida en el pómulo, agrega otro. Todo es muy quieto aquí. Me tratan bien. Son muy amables. Parece como si la frialdad tuviera el color verde de sus batas. Me gusta este olor, pero siento miedo. Y asco, de Alcides, mi padre.

III La última visita en un auto

—¿No vas a entrar? —pregunta Marta.
— No, no tengo tiempo –responde Roberto.
Marta abre la puerta del auto, pero Roberto le impide bajar.
—Un momento, de eso quería hablarte —dice Roberto y coge de encima
de la pizarra la hoja de ruta y el bolígrafo —Ha pasado cuánto… ¿un mes?
—Veintitrés días, exactamente —dice Marta.
Roberto mira su reloj de pulsera, anota la hora en el papel.
—Bueno, señora, el caso es que no puedo disponer de un carro estatal a
mi antojo —dice— Pasó aquello, sí, y fue horrible, pero ya pasó. Hay que
seguir. Además, yo tengo mi propia familia. ¿Entiende? Gente a quién
cuidar.
Marta baja del auto y cierra la puerta. Se aleja con lentitud en dirección
a la puerta corrediza de la entrada, a la izquierda de la garita. Al frente, un
lumínico advierte en caracteres verdes el arribo al Centro de Psiquiatría
Infantil.
—Lo había imaginado más difícil… —piensa Roberto, saca un pañuelo del
bolsillo trasero del pantalón y quita la humedad que empaña el retrovisor.
Arranca.
El auto acelera al salir de la curva de acceso al parqueo; un efímero rastro
de humo y polvo se eleva, desaparece.
—El bolso, por favor —le dice el custodio a Marta, con acento amable.

Fotografía de : Bahareh Bisheh

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